Empezaron con globos. En algunas sesiones, los globos de colores volaban por la sala, menores y personas séniors riendo y disfrutando juntos. El cuerpo rompió el hielo antes que las palabras.
Otros grupos intergeneracionales cogieron los materiales — lápices, tijeras, tarjetas con preguntas de colores — y empezaron a dibujar su sueño. No el sueño de la noche, sino el sueño de la vida: lo que cada uno lleva dentro y casi nunca explica.
Algunas personas séniors dibujaron lugares que habían dejado atrás. Los más pequeños dibujaron lugares a los que les gustaría llegar. Y en ese espacio intermedio, nació algo que no tiene nombre exacto pero que todos sentimos.